Safo

Poemas y fragmentos


Traducción de Joseph Canga Argüelles y Bernabé Canga Argüelles publicada en Madrid en 1797.

Odas

1. A Afrodita

Sacra Afrodita, cuyo santo numen
en varios pueblos tiene incienso y aras,
hija de Zeus, y de amorosas tramas
dulce maestra,

te ruego yo que no me des tormento
con duros males, con mortal tristeza:
tú, que atendiste alguna vez la ardiente
súplica mía,

y abandonando la dorada casa
de tu gran padre, desde el alto asiento
a mis amores descender soliste
blanda y afable,

sentada, ¡aymé!, sobre un brillante carro,
del cual tiraban delicadas aves
que hendían el aire con las negras alas
rápidamente;

y tú bañada de una afable risa
me preguntabas por mi mal, piadosa,
y por qué tanto fervorosamente
yo te llamaba,

por qué tan triste en mi dolor gemía,
a quién tentaba enamorar, y quiénes
mal me trataban: «Dime quién te agravia,
mísera Safo,

que si te huye, volverá al momento,
dará regalos, lejos de admitirlos,
y amará luego, si de amor no siente
cándida llama».

Ven, pues, ahora, y compasiva acorre;
líbrame ya de los cuidados graves,
y favorece los ardientes votos
de este mi ruego.

2. De sí misma

Igual a un dios se me parece en todo
aquel mortal que, junto a ti sentado,
de cerca escucha cómo dulcemente
hablas y cómo

dulce te ríes; lo que a mí del todo
dentro del pecho el corazón me abrasa,
y un recio nudo en la garganta asido
muda me deja.

Se ata la lengua y por las venas corre
rápido fuego que me enciende y quema,
pierdo la vista, y mis oídos luego
dentro me zumban;

toda yo tiemblo, de sudor helado
toda me cubro y desfallezco. Entonces,
pálido el rostro y sin aliento, casi
muerta parezco.

3. A Afrodita

Ven, Afrodita, poderosa en Chipre,
propicia ven, y favorable entre estos
huéspedes caros, huéspedes, ¡oh diosa!,
míos y tuyos;

ven a libar el agradable néctar
y a derramar en los dorados vasos
vino mezclado con pequeñas rosas
plácidamente.

4. A sí misma

Mísera Safo, tú yacerás muerta
y tu memoria morirá contigo,
ni ya tu frente ceñirá de Pieria
rosa cogida:

irás al Hades, de la luz privada,
y nadie ya te mirará, mezquina,
cuando te lleve a los oscuros manes
rápido vuelo.

5. De la rosa

Si a las hermosas, apacibles flores
tal vez monarca Zeus quisiera dar,
para este cargo, la encendida rosa
fuera elegida.

Ella es el dije de la madre tierra,
ella es la gloria de las plantas todas;
como a sus ojos la aman, y la quieren
ramas y flores.

De verdes hojas coronada ostenta
toda su pompa y vanidad süave,
y en su oloroso y delicado cáliz
céfiro ríe.

Cantilenas

1. De sí misma

La luna luminosa
huyó con las Pléyades,
la noche silenciosa
ya llega a la mitad;

la hora pasó y en vela,
sola en mi lecho, en tanto,
suelto la rienda al llanto
sin esperar piedad.

2. Del amor

Amor que el pecho mío
continuamente agita
es dulce y es impío
y es más que una avecita,
volátil y ligero.
¡Ay!, ¿de su dardo fiero

quién consiguió victoria?
Renueva, amada mía,
renueva la memoria
de cuando Atis ardía,
tu dulce amor odiaba
y a Andrómeda estimaba.

3. A la Noche

Contigo, Noche amable,
vienen todas las cosas;
viene el vino agradable,
las cabras presurosas
también vienen gozosas,
y la tierna doncella
torna a su madre bella.

Cantilena 4. De sí misma

Amo el brillante lujo,
amo las cosas bellas,
y el esplendor y el fasto
mi corazón desea.

Epigramas

1. De Menisco

El mísero Menisco ha dedicado
a Pélagon un remo y una nasa
en monumento de la vida escasa
de todo pescador infortunado.

2. Epitafio a Tímadis

Yace aquí la ceniza recogida
de Timas infeliz, que al negro y feo
tálamo de Perséfone admitida
se vio, antes de cumplir el himeneo.
Sus mejores amigas se han raído
del todo la brillante cabellera
movidas de su suerte lastimera.

Fragmentos

1.

Yo te conjuro, por la amistad nuestra,
que escojas otra de más pocos años,
pues yo, que mucho con la edad te excedo,
nada te sirvo.

2.

¡Alba Afrodita!, dulce madre mía,
el tierno amor del adorado joven
toda me vence, y en mis dulces ansias
dejo la tela.

3.

Yerno feliz, ya coronó Himeneo
de tus deseos el ardor sublime,
y la doncella que quisiste tanto
ya la posees.

4.

Pónteme al frente, amigo,
y tierno y amoroso
despliega, ¡aymé!, despliega
la gracia de tus ojos.

5.

Con la suave Afrodita,
en delicioso lecho,
dormí entre frescas rosas;
dormí amorosos sueños.


Joseph y Bernabé Canga Argüelles. Obras de Sapho, Erinna, Alcman… (books.google, p. 23)
Francisco Rodríguez Adrados. Lírica griega arcaica (somacles.files, pdf, p. 336)

Safo

Trece poemas reconstituidos


Traducción de Manuel Fernández-Galiano (Se han suprimido los paréntesis que indican las restituciones del traductor para facilitar la lectura).

1.

Inmortal Afrodita, la florida,
artera hija de Zeus, te lo suplico,
no atormenten mi espíritu, señora,
penas ni angustias,

mas ven aquí, como también antaño
unciste tu áureo carro y de la casa
de tu padre saliste al escuchar
mi voz lejana;

llevábante unos ágiles gorriones
hacia la negra tierra desde el cielo
y el veloz movimiento de sus alas
pronto te trajo;

y tú, bendita diosa, sonreías
con tu faz inmortal y preguntabas
qué me ocurre otra vez, por qué de nuevo
vuelvo a invocarte

y qué es lo que deseo que suceda
a mi alma loca. «¿A quién persuadir debo
a que acepte tu amor? ¿Quién mal contigo,
Safo, se porta?

Porque, si hoy huye, pronto irá tras ti;
si regalos no acepta, ya lo hará;
y, si hoy no te ama, pronto te amará
aunque no quiera».

Ven también ahora a mí, de mis congojas
crueles sálvame y haz lo que mi ánimo
cumplido quiere ver y así tú misma
sé mi aliada.

2.

Ven a mí desde Creta; ven al sacro
recinto donde un grato bosquecillo
de manzanos se eleva y en las aras
arde el incienso.

Canta aquí el agua fresca por las ramas
del manzanar; sombrean los rosales
el lugar todo y, al temblar las hojas,
sopor difunden.

Aquí florecen lirios en el prado
que apacienta corceles; los eneldos
exhalan en la noche deleitable
su hálito dulce.

Cíñete aquí las ínfulas, ¡oh, Cipris!,
y en las doradas copas tiernamente,
mezclado con delicias, el divino
néctar escancia.

5 y 15.

iOh, Cipris y Nereidas, a mi hermano
inmune devolvedme y que aquí llegue
y cuanto su alma quiere ver logrado
todo se cumpla!

Que expíe sus pecados de antes; sea
goce de sus amigos y tormento
para sus enemigos, que ojalá
no los tengamos;

partícipe a su hermana quiera hacer
del honor que reciba y se terminen
del todo las amargas inquietudes
que le apenaban;

cuando escuche la hostil habladuría
de sus conciudadanos, baladíes
como grano de mijo le parezcan
tales palabras.

¡Sedle propicias, hijas de Nereo,
y tú, Cipris excelsa, de tus iras
olvídate contra él y del mal líbrale!
Mas, si recae,

que acerba, Cipris, te halle y que no pueda
jamás jactarse Dórica de que él
a su amor deseable retornó
por vez segunda.

16.

Lo mejor de la tierra dicen unos
que es una grey de infantes y jinetes
o una flota de naves, mas yo creo
que es lo que se ama.

Y esto es fácil que todos lo comprendan:
Helena, a la que nadie aventajaba
en belleza, al mejor de los maridos
dejó, y a Troya

se fue por mar sin acordarse nada
de su hija y de sus padres bienamados,
pues a amar a Alejandro la arrastraba
Cipris divina,

que es hábil la mujer cuando se trata
de realizar sus frívolos deseos.
Esto ahora hacia Anactoria, que está ausente,
mi mente lleva:

preferiría ver su andar gracioso
y el expresivo brillo de su faz
a los carros de guerra de los lidios
y tropa armada.

17.

Cerca de mí aparezca mientras oro
tu graciosa figura, Hera divina,
cuyo culto instauraron los ilustres
reyes Atridas,

que, habiendo realizado grandes gestas
primero en Troya y luego en el mar cuando
de allí vinieron, terminar su viaje
no conseguían

hasta que a ti invocaron y al Antieo
Zeus y al dulce retoño de Tione.
Ahora también propicia ante mí acude
según el rito

tradicional; es puro y consagrado
te está este coro virginal que acude
a tu recinto y danza rodeando
tu bella imagen.

Clemente muéstrate, te lo pedimos,
y, si otras veces auxiliar supiste
nuestra cuita, haz que incólume nos llegue
la que esperamos.

20.

Diosa que habitas la chipriota Pafo,
danos, ¡oh, Cipris bienaventurada!,
la visión de tu gloria y haz que ahora
llegar podamos

con propicia fortuna hasta la orilla
y sentirnos seguros en el puerto
y pisar otra vez la tierra negra,
madre de todos,

pues hay gran tempestad y ya los nautas
luchar no quieren contra los ingentes
vientos y hacia la costa este navío
no se encamina.

21.

Penosa es ya mi edad y a piedad mueven
mis miembros temblorosos y el cabello
que fue negro y es blanco y cuantos males
la vejez trae.

Ella arruga mi piel toda y mi mente
rodea de temores y pesares;
voló ya aquel Amor que cuerpos jóvenes
busca ahora sólo.

Pero aun la noble Cipris me acompaña.
Toma la dulce péctide, Girino,
y canta para mí a la diosa ornada
de violas en su seno.

22.

Yo, Abántide, te ruego que, tomando
la péctide, de Góngila nos cantes
y su añoranza que revolotea
en torno a tu alma.

Sólo el ver su vestido, bella niña,
loca de amor te puso; y yo me alegro,
pues reprochóme un día Ciprogenia
misma que suelo

pedirle que me dé nuevos amores.
Eso es verdad, pero también deseo
que sepa que es constante entre nosotras
el sentimiento.

23.

Cada vez que te miro cara a cara
me parece que en nada comparable
eres a Hermione y a Helena la rubia,
si es permitido

equiparar a humanos con los dioses,
no me parece impropio el igualarte;
sábelo bien, tu corazón lo guarde;
todas mis penas

pueda olvidar; no vea ya la orilla
del Aqueronte, que el rocío baña,
mas la pradera en que la entera noche
juntas cantemos.

24 a.

Cuando a la edad lleguéis que ahora yo tengo,
recordaréis sin duda dulcemente
todo aquello que, siempre con vosotras,
de joven hice.

Fue bueno y bello cuanto allí gozamos;
la ciudad se llenó de nuestros coros;
de flores y perfumes rodeadas
amar supimos.

27.

A ti acudimos, madre de estas bellas
muchachas tan amadas por nosotras,
cuyo canto sonoro muchas veces
fue mi deleite.

También tú antaño fuiste tierna niña
que cantó con dulzura; de ello acuérdate
y amablemente este favor concédenos
que te pedimos.

Pues vamos a una boda, bien lo sabes;
salir deja en seguida a estas muchachas;
los dioses el servicio en que les honras
tengan en cuenta;

no hay camino ni fácil ni difícil
que a los mortales lleve al gran Olimpo,
pero el hacer felices a los hombres
a él nos acerca.

30 y 34.

Los astros que rodean a la hermosa
luna su brillo han de ocultar cuando ella
en su redonda plenitud la tierra
toda ilumina.

A su luz las muchachas hoy pasamos
la noche toda entera celebrando
tu amor y el de la novia que con violas
su pecho adorna.

Despiértate, muchacho, corre, trae
aquí a tus camaradas y que sea
nuestro sueño más corto que el del ave
de voz sonora.

31.

Que es igual a los dioses me parece
el hombre que a tu vera está sentado
y tu hablar dulce y risa silenciosa
oye de cerca;

ello hace que en mi pecho el corazón
se pare; porque, al verte solamente
un momento, la voz no me obedece
y se me traba

en silencio la lengua y un sutil
ardor corre debajo de mi piel,
no ven mis ojos, mis oídos zumban
y un sudor frío

mi cuerpo todo invade, y un temblor,
y me pongo más verde que la yerba
y creo enteramente que a morirme
voy en seguida.

Pero todo tendrás que soportarlo,
pues ha de ser así. Siempre supiste,
Safo, que al claro sol sucedería
la negra noche.


Manuel Fernández-Galiano. Trece poemas reconstituidos del Libro I (interclassica.um.es)

Safo

Fragmento 58B


Vosotras, jóvenes, disfrutad los hermosos dones de las musas,
de fragante pecho de violetas, y la melodiosa lira,

pues de mí, que otrora tuve un lozano cuerpo, la vejez
se ha apoderado, y blancos ha vuelto mis oscuros cabellos,

y el ánimo me pesa y las rodillas, que en otro tiempo
danzaban cual veloces cervatillos, ya no me sostienen;

a menudo me lamento, pero qué puedo hacer yo
si no es posible que el ser humano no envejezca,

pues incluso dicen que la Aurora de rosados brazos por amor se llevó
a Titón, cuando aún era joven y apuesto, al confín de la tierra,

y sin embargo a él mismo, con el tiempo, lo atrapó la canosa vejez,
a pesar de ser el esposo de una inmortal.


Versión de Enrique Gutiérrez Miranda según la traducción de Carla Bocchetti y Ronald Forero en Nuevos fragmentos de Safo. Traducción y análisis (studylib.es, pdf pp. 34-35)

Safo

Atis


[…]
Aunque vive Arígnota en la lejana Sardes,
muchas veces vuelve aquí en su pensamiento.

Cuando vivimos juntas siempre te consideró
cual una diosa,
y en tu canto se gozaba entre todos.
Ahora destaca entre las mujeres lidias
como en ocasiones, tras ponerse el sol,
la luna de sonrosados dedos supera a todas las estrellas,
cubre con su luz las saladas aguas del mar
y también los campos florecidos
por donde el bello rocío se derrama,
donde brotan las rosas y el tierno hinojo
y los tréboles se abren.

Pero a menudo, errabunda por la añoranza
de la dulce Atis, el anhelo en su alma delicada
y la ansiedad en el corazón la devoran.
Y con fuerza nos grita que vayamos con ella,
y su grito, no inadvertido a nosotras,
la populosa noche hace resonar
a través de los mares.

[…]
Y su grito, no inadvertido a nosotras,
en el inmenso espacio hace resonar Himeneo
a través de los mares.


Versión de Enrique Gutiérrez Miranda, basada en las traducciones de C. García Gual (Antología de la poesía lírica griega, ed. Alianza, 1980), C. Montemayor (Safo. Poemas, ed. Trillas, 1988), J.M. Rodríguez Tobal (Safo. Poemas y fragmentos, ed. Hiperión, 1990) y J. Ferraté (Líricos griegos arcaicos, ed. Sirmio, 1991)