T. E. Hulme

Poemas y fragmentos


.

Un atardecer de ciudad

Atrae y seduce a la Tierra con altas vanaglorias
el atardecer, reinando
al final de las calles hacia el oeste…
Un repentino cielo que llamea
inquietando al extrañado transeúnte
con visiones ―ajenas a las largas calles― de Citerea,
o las suaves carnes de lady Castlemaine…
Un festival de carmesíes
es la extendida gloria celeste,
la jubilosa criada del cielo
presumiendo de un manto rojo que arrastra
por los corroídos tejados de la ciudad
sobre la hora del regreso a casa de las multitudes;
una criada vanidosa, persistente, reacia a irse…

Por encima del muelle

Por encima del muelle, silencioso a media noche,
enredada en el cordaje de un alto mástil,
cuelga la luna: La que tan lejana parecía
no es más que el globo de un niño olvidado tras el juego.

El Dique

(La fantasía de un caballero en declive
en una noche fría y amarga)
.

Una vez, en la sutileza de los violines, hallé el éxtasis
en un destello de tacones de oro sobre el duro pavimento.
Ahora veo
que esa calidez es la misma materia de la poesía.

Oh, Dios: empequeñece
la vieja manta del cielo, carcomida de estrellas,
para que pueda envolverme en ella
y, confortablemente, descansar.

Panorama de ciudad

En un día de verano, en la ciudad,
donde las chimeneas importunan a los cúmulos,
superando en desdén a Flora,
levanta su azul vestido de volantes el cielo.

Así veo su blanca enagua de nubes,
claro encaje, enredándose en las retorcidas cúpulas,
rasgada por las chimeneas,
rotas las puntillas, abierta y deshilachada.

Otoño

Un poco de frío en la noche de Otoño.
Caminando a la intemperie
vi a la rojiza luna inclinándose sobre un seto
como un granjero de cara rubicunda.

No me detuve a hablar, pero asentí;
y por todo en derredor había estrellas melancólicas
con caras blancas, como niños de ciudad.

Otoño (II)

De pronto en la noche, entré en
un profundo valle, repleto de bosque oscuro.
Altas mujeres desnudas semejaban los troncos de los árboles,
anormalmente altos, flojos con lasitud,
retorcidos de un vago dolor, como banderas sin viento,
el mismo éxtasis de la Naturaleza muerta,
carne desnuda, aunque agonía de cortinajes,
brazos entrelazados, como un enrejado contra el cielo,
cubiertos de pelo oscuro, impenetrable,
donde las lágrimas eran hojas que se espesaban en el suelo,
memoria muerta del pasado pasional del verano.
Las lágrimas caían, revoloteando lentamente hacia la tierra,
sopladas ociosamente por el viento, vano suspiro de Dios,
lágrimas que no desaparecieron sino que se volvían rojas y marrones
_____ hasta la llegada de la olvidadiza Primavera.

Puesta de sol

No me gusta la Puesta de Sol
que se extiende como una llaga escarlata
sobre medio cielo enfermo
o que ostenta un globo rojo arrastrándolo
por el corroído borde de los tejados de la ciudad,
sobre la hora del regreso a casa de las multitudes,
llamando a voces
para que todos miren boquiabiertos
su belleza
tan lujuriosa,

sino las Puestas de Sol
cuando el sol llega a casa
como un barco desde el mar
con su roja vela redonda
nítidamente sombreada contra el cielo oscuro
—tranquilo— en un sereno puerto
al atardecer,
después del trabajo.

La puesta de sol

Una corista, ávida de aplausos,
renuente a dejar el escenario,
en un sortilegio final eleva la punta del pie
mostrando su lencería escarlata de nubes carmíneas
entre los hostiles murmullos del patio de butacas.

Conversión

Me adentré despreocupado en el bosque del valle,
en la época de los jacintos,
hasta que la belleza como un paño perfumado
se me echó encima, sofocándome, y fui atado
e inmovilizado, falto de aliento,
por el encanto que es su propio eunuco.

Ahora paso el río final,
ignominiosamente, dentro de un saco, sin un ruido,
como cualquier turco que se asoma al Bósforo.

Una mujer alta

Sólida y pacífica es la ciudad de Horton,
bien conocida por la amistad y la firmeza.
Fijados caminos recorren sus hombres.

Una mujer alta ha llegado a la ciudad de Horton…
En medio de todos los hombres,
subrepticiamente ella aprieta mi mano.
Cuando todos la miran, parece prometer:
Hay un jardín secreto
y una corriente fría…
Así mira ella a todos los hombres;
la misma promesa para muchos ojos.

Aunque, cuando se inclina hacia delante, en una habitación,
y aparentemente por casualidad sus pechos me rozan,
entonces es el eje del mundo que se retuerce.

Susan Ann y la inmortalidad

Su cabeza colgada
miraba a la tierra, fija e intensamente,
como el conejo al armiño,
hasta que la tierra era cielo,
cielo que era verde,
y pasaban nubes marrones,
como hojas de castaño arqueando el suelo.

Un secreto repentino

Una repentina cala secreta cerca de Budley,
agua sin olas, acantilado cerrado.
Un calmo retiro del mar, que
se adormila al calor del mediodía.

La arena de terciopelo, suave cual torneado muslo
de la Dama de Avé, como dormida yace.
Vibrante calor del mediodía temblando ante la vista.
¡Oh ansioso paje! ¡Oh arena aterciopelada!
Pusilánimes olas trémulas reptan
tímidamente —¡ah, cuánta maravilla!—
temblando y retrocediendo.

Resiste —santifica el Abate—, es solo un sueño aparente.
¡Oh muslo redondo y liso…!

Se alza un viento áspero, los oscuros acantilados acechan.
Calvino cari-agrio, ¿sigues gimoteando aún?

[Azul, I]

Oh, Dama: lleno de misterio
está ese mar azul, allende tu rodilla.

Mi soñador y lánguido viaje me lleva
a donde ese mismo mar azul rompe
en espuma de batista enmarcada con encaje
sobre orillas blancas lejos de este aburrido lugar.

[Azul, II]

Ahora, aunque la falda haya caído,
desaparecida la visión del mar,
aunque apoyado (abominable sentimiento)
por los fríos vientos del sentido común,
aún mi marinero piensa seguir navegando.

Aún se oye el murmullo del azul
en torno a los negros acantilados de tu zapato.

Lejos y muy atrás

Lejos y muy atrás hay un estanque redondo
donde los árboles reflejados traen triste recuerdo
y cuya tensa superficie aguarda expectante
la ola extática que la ondule
en el sacramento de la unión,
la fugitiva dicha que llegue con la lágrima
que deja caer la princesa de mediana edad
(hermana de la Rana principesca) mientras
se inclina en trance con una curva soñadora,
como un adormecido lamento en una canción oriental.

Oración a la luna para que sonría
(Una noche de viento)

A través de las conducidas nubes
la luna,
como si una reina de rostro impasible mirara
el paso de su oscura caballería
que en alocadas maniobras
carga en masa y se divide en alas bruscamente
a ambos lados del trono,
no sonríe empero al espectáculo que le brinda
el viento,
director de la Cabalgata Real.

¿Cuál es la pena que fija vuestro semblante
—¡oh, Reina!— en tal inmutabilidad.
¡Quizá yo, un pobre versificador
que en vuestra real presencia camina intruso
por entre las rendijas y sin recompensa,
os robe una mirada!

En la tierra tranquila

En la tierra tranquila
hay un desconocido fuego secreto.
De repente las rocas se fundirán
y los viejos caminos se volverán engañosos.

Atravesando el camino familiar
hay una profunda grieta.
Debo detenerme y retroceder.
En la fría tierra
hay un fuego secreto.

¡Por la noche!

¡Por la noche!
Todo el terror está en eso:
Las ramas del árbol muerto
perfiladas en el borde de la colina,
las oscuras venas enfermas
en el blanco cuerpo muerto del cielo,
el desgarrador garfio de hierro
de la despiadada Mara
manejando blandas nubes insurrectas,
la marca de los dioses obscenos
sobre su ganado volador
que deambula por las praderas celestes.

El poeta

Sobre una gran mesa plana se inclinaba en éxtasis,
en un sueño.
Había ido al bosque, y hablado y caminado con los árboles.
Había dejado el mundo
y trajo de vuelta esferas e imágenes de piedra,
de gemas, colores, duros y definidos.
Con ellos jugó, en un sueño,
sobre la mesa plana.

Mana Aboda

La belleza es el tiempo estancado, la vibración estacionaria, el fingido éxtasis de un impulso detenido incapaz de alcanzar su fin natural.
.

Mana Aboda, cuya combada forma
es el cielo en círculo arqueado, parece ser
que una vez se lamentaba de un dolor desconocido.

Sin embargo un día la oí gritar:
«Me he cansado de las rosas y los poetas cantores;
Josés todos, no tan altos como para intentarlo».

El hombre en el nido del cuervo
(Hombre de vigía)

Extraño para mí suena el viento que sopla
sobre el mástil en la noche solitaria.
Tal vez sea el mar silbando —fingiendo alegría
para ocultar su miedo—
como un chico pueblerino
que, temblando, pasa junto al cementerio.

En la plaza de la ciudad

En la plaza de la ciudad por la noche,
el encuentro de las antorchas.
El inicio de la gran marcha;
los llantos, los vítores, la despedida.

Desfilando en orden
por las calles familiares,
entre amigos vistos por última vez.
Desfilando con antorchas.

Sobre la cima de la colina,
la luna y el páramo;
y marchamos solos,
las antorchas ya apagadas.

En la fría colina,
los vítores por el soldado muerto
(re-visto por primera vez).
Desfilando en orden
¿hacia dónde?

Como una gallina

Como una gallina se tiende en la hierba alta
ante el terror del halcón,
la trenzada luz blanca se arrastraba
susurrando con la mano en la boca misteriosa,
cazando las sombras que saltaban en las rectas calles
de casas blancas en los antiguos pueblos flamencos.

Loco

Mientras camino junto al río
los que aún no se han retirado me adelantan.
Yo veo más allá de ellos, los toco.

Y en la distancia, sobre el agua,
lejos de las luces,
veo la Noche, esa oscuridad salvaje,
Pero no la temeré.

Cuatro paredes me rodean,
puedo tocarlas;
si muero, puedo flotar allí,
gemir y canturrear y recordar el mar.

En el cielo, oh espíritu mío,
recuerda el mar y su gemido:
canturrear en presencia de Dios te sostendrá.

Tengo frío otra vez, como después de llorar.
Y tiemblo. Pero no hay viento.

Trincheras: Saint-Éloi
(Poema TEH: Resumido de la conversación del Sr. T.E.H.)

Sobre las planas laderas de Saint-Éloi
un ancho muro de sacos de arena.
Noche,
en el silencio de los hombres inconexos
trajinando sobre pequeños fuegos, limpiando sus escudillas:
de aquí para allá, desde las líneas,
los hombres caminan como en Piccadilly,
trazando caminos en la oscuridad
a través de caballos muertos desperdigados,
sobre el vientre de un belga muerto.

Los alemanes tienen cohetes. Los ingleses no tienen cohetes.
Tras la línea, cañón, escondido, tendido millas atrás.
Tras la línea, caos:

Mi mente es un pasillo. Las mentes a mi alrededor son pasillos.
Nada se sugiere a sí mismo. No hay nada que hacer sino seguir.

Musié

Sobre un vacío, un desierto, un llano espacio sin nada,
llegó en oleadas, como viento,
el sonido de tambores, en líneas, barriendo los ejércitos…
_____ sueños de notas suaves
_____ navegan como una flota al atardecer
_____ por un mar en calma.
.

Fragmentos

Deseo siempre el gran lienzo para mis líneas y ademanes.

Las antiguas casas fueron andamios una vez
_________________________ con obreros que silbaban.

*

Tres pájaros volaron sobre el muro rojo
____________________ hacia el pozo del sol de la tarde.
Oh condenados pájaros audaces pasando ante mi vista.

*

Me acuesto solo en el pequeño valle, al calor del mediodía,
en el reino de los pequeños sonidos.
El cálido aire susurra lascivamente.
Las alondras cantan con un sonido de distantes
___________________________________ arroyos inalcanzables.

*

El cielo es el ojo de la tierra trabajadora.
Anoche se quedó mirando hasta tarde.
Hoy pasan las nubes como motas
a través de su visión borrosa.

*

Como en un velado escenario, frágil, Anar,
temblando con lánguidos brazos que cuelgan flojos,
al contacto de la fría mano de Manar
colocó el aviso.

*

Raleigh, prisionero en la torre oscura,
soñaba con el mar azul y más allá,
donde en un extraño paraíso tropical
crecía el almizcle…

*

Su falda se alza, cual niebla oscura,
de las columnas de amatista.

*

Esto digo a todas las damas alegres:
¡Fuera, aborrecible encaje, fuera!

*

La alondra se arrastra en la nube
como una pulga sobre un vientre blanco.

*

La mística tristeza de la vista
de un pueblo lejano divisado en la noche.

*

Los sonidos revoloteaban
como murciélagos al atardecer.

*

Los volantes del borde de la falda
retrocediendo como olas en un acantilado.

*

Por la larga calle desolada de las estrellas.

*

La floración de la uva ha terminado.

*

Cuando ella habla, sus pechos casi me tocan.
Recuesta hacia atrás su cabeza.
.


T. E. Hulme. Selected Writings / Poems and Fragments
T. E. Hulme. 10 Short Poems
T. E. Hulme. Brief poems
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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